Nota a partir de Los batanes papeleros de Málaga

El libro brevemente presentado en esta nota es de la autoría de José Carlos Balmaceda, y fue publicado en 1998, por la Universidad de Málaga. Se titula Los batanes papeleros de Málaga y su provincia.
José Carlos Balmaceda es conservador-restaurador de papel. Enganchado en la investigación sobre el papel gracias a Carmen Hidalgo Brinquis, ha publicado desde fines de los años 1990 varios trabajos sobre la historia del papel en España entre los cuales La Contribución Genovesa al Desarrollo de la Manufactura Papelera Española publicado en 2004 y Filigranas. Propuestas para su reproducción, en 2001. También fueron editados numerosos artículos y últimamente se encuentra disponible su contribución sobre el papel en América en las Actas del XI Congreso Nacional de Historia del Papel en España, Sevilla, 17-19 de junio de 2015, pp. 33-45.
Es conocida la importancia de los Genoveses en la fabricación y difusión del papel en Europa a lo largo de la edad moderna. Por otro lado, las necesidades de papel aumentaron a partir del siglo XVI. Tal como lo menciona Balmaceda, “Sólo en París, en el siglo XVII, según el impresor Antoine Vitré se necesitaba entre 500.000 y 1.500.000 pliegos de papel por día, y en el XVIII debido a la publicación de L’Encyclopédie el costo del papel se elevará un 67%” (Balmaceda 2004: 65).

La historia del papel en Málaga empieza en el siglo XIV, es decir en la época nazarí, con la presencia de una importante colonia genovesa de comerciantes y varios molinos de trigo. Con la presencia de los genoveses, el terreno era fertil  para el desarrollo comercial de tal suerte que, entre los productos que circulaban en la provincia a fines del siglo XV, figuraba el papel. Los “papeleros” de Málaga eran entonces vendedores del papel proveniente de Génova. A partir del siglo XVII, la Corona española decidió reaccionar ante el éxito de los fabricantes de papel extranjeros, favoreciendo la producción local con exenciones fiscales y con limitaciones a la salida de los trapos fuera de España. La historia de los batanes de Málaga y su provincia se inscribe en esta competencia entre asentistas italianos y productores locales.

El libro de Balmaceda se divide en siete capítulos que corresponden a diferentes lugares de producción de papel (Málaga, Torremolinos, Benalmádena, Arroyo de la Miel, Mijas, Frigiliana, Nerja). A estos capítulos se suman una breve introducción, varios apéndices documentales, y una bibliografía. El conjunto muestra cómo se fabricaba el papel en la zona de Málaga: trapos, naipes, alpargatas, esparto, cáñamo, papel usado, redes viejas, bagazos de caña de azúcar y raíces de torvisco eran las materias primas en la Península (Balmaceda 1998: 18). Las filigranas, reproducidas en los apéndices,  permiten seguir la producción y conocer así a diferentes fabricantes : Solesio, Centurión, Elías y Cía, Parladé y Valor (Balmaceda 1998: 18).

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Esta historia del papel, emprendida a partir de un  estudio de los molinos de papel de la región,  brinda conocimientos útiles para aprehender esta incipiente industria en el siglo XVIII.  Así, por ejemplo, existían tres diferentes tipos de papel para fabricar naipes y, ante la falta de papel blanco en la región, había que comprar papel de Génova y de Cataluña (p. 36-37).
La investigación de Balmaceda se apoya en una exploración de archivos históricos, entre los cuales  inventarios de molinos, contratos, autorizaciones reales, crónicas. Más allá de datos archivísticos, el autor también proporciona fotografías, planos, ilustraciones y reproducciones de filigranas.
El estudio hace hincapié en la hacienda de Arroyo de la Miel, del papelero Felix de Solesio (1739-1806), y en la compañía creada en 1796, con sus dos socios madrileños, para asegurar la producción de papel frente a la creciente demanda. El apuro, por un lado, y la apetencia de lucro, por el otro, parecen haber llevado a los tres socios a entrar en conflicto rápidamente, dejando huellas judiciales de sus litigios.
Los molinos papeleros de Málaga producían papeles de estarza y menos papel blanco que, al parecer, no sirvió para las necesidades de la adminsitración. Balmaceda apunta, en su contribución reciente, que el papel sellado de América procedía muy probablemente de Italia, hasta fines del siglo XVIII (Balmaceda 2004: 69 y Balmaceda 2015: 34). Esta estimación se debe a que los productores españoles no tenían la posibilidad de elaborar los 40 a 50 mil resmas de papel consumidas anualmente, según los cálculos de la Corona, en los territorios americanos. Por lo tanto, los asentistas extranjeros, sobre todo italianos, y los falsficadores franceses, aprovecharon para abastecer la Corona española en papeles destinados a la producción de papel sellado.
La fabricación de naipes, la confección de libros impresos y cuadernos que sirven para asentar las cuentas, así como el uso de hojas para las correspondencias, los sermones, o los “remiendos” y “papeles de jornadas”, entre otros usos frecuentes del papel no sellado, explican entonces la alta demanda de este producto desde el siglo XVII, y el desarrollo de esta industria en Málaga, a partir de la antigua presencia genovesa y de la tradición molinera existente en la localidad desde la época nazarí.

La propuesta metodológica de Balmaceda consiste por ende en establecer las condiciones de desarrollo de la fabricación de papel a nivel local, en tensión con las habilidades históricas de los genoveses en la materia, para seguir, gracias al estudio de las filagranas y marcas de agua, la circulación y los diferentes usos del papel.

(…)

 

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